25/07/2012

Eran mas o menos las cuatro de la tarde.
Los rayos del sol estaban en ese tono imperante de dorados que resbalan por la piel haciendo que todas las personas parezcan monumentos vivientes.
Había un pasillo diseñado para que dos personas pudieran caminar hombro a hombro sin atentar a su derecho de espacio y además, sentir el lazo de la compañía sea o no de forma premeditada. De igual forma, dicho pasillo tenía las dimensiones precisas para que una persona andando sola, sintiera justamente el espacio que no ocupaba, que la distancia al final del día tuviera un peso sobre las espaldas en el umbral del entendimiento.
Ahí estaba el pasillo, delimitado por barrotes de acero de aproximadamente un metro de altura, colocados cada ochenta y cinco centímetros uno del otro, como tendencia carcelaria del entorno. cerco del pasillo y al mismo tiempo, marco para el juego de sombras estáticas y en movimiento mas espectacular que haya visto hasta ese día.
El concreto del pasillo era de un gris tenue pero sólido. En algunas partes se podían observar ligeras cuarteaduras que mas que detalles de imperfección eran adornos que resaltaban la forma lisa del suelo, podría decirse que eran marcas predefinidas de algún tipo de lenguaje burdo de una pandilla con ideales sólidos, sus tatuajes de banda.
A la orilla de los barrotes, pequeñas cosas crecían dando ese tono de verde eterno que somete a las piedras y a casi cualquier cosa que entre en contacto directo con la humedad y que permita reacciones orgánicas. Musgo, pasto, liquen. Algo por el estilo.
Cuatro de la tarde con dos minutos.
Un par de botas burdas de piel con tono indefinido (a veces café, a veces negro, a veces de un tono de gris comparado solamente con el polvo cubriendo la superficie rugosa de una roca del bosque sin vegetación) que dentro de su forma retienen los dobladillos sencillos de un par de vaqueros color marino. Una mancha ligera de tierra que marca en dos la parte interna de la pantorrilla derecha, que nació cuando una de las botas sostuvo su suela sobre uno de los barrotes y, el hecho de ser liso metal le hizo resbalar y chocar con lo primero que estaba a su paso (la pantorrilla derecha).
Cinturón doble vista colocado por el tono café como vista principal y un par de cuadrados considerables sobre los flancos del pantalón dando volumen, profundidad y dimensión como mesetas situadas sobre la llanura cóncava de sus piernas. Camisa apariencia de franela por el diseño de la tela, broche botón dorado y pequeño como balas que lograron un objetivo pero no pudieron penetrar mas allá del límite de la existencia y se quedaron prendadas a la atmósfera mas próxima del ente planetario. Un hombre a la espera que mira sobre la contra parte del pulso como es que el concepto universal del tiempo permanece en movimiento constante, en carrera contra algo o alguien que seguramente le pisa los talones siempre.
Cuatro de la tarde con cinco minutos.
Paso ligero, ligerísimo. Casi como si en vez de desplazarse en el método pausado de la pérdida y ganancia de equilibrio fuera el principio de flotación el que estuviera presente. ¡Explosión! El sol encuentra en sus pies su reflejo sobre un tono verde similar al de las sandías y los pepinos y rompe el concepto de resguardo que producen las sombras sobre los barrotes del pasillo. Y es inevitable querer voltear a otro lado en donde la luz no se esté lanzando de forma agresiva pero es la curiosidad y el deseo de no apartar la mirada de ella lo que te ciega.
Sus piernas son como los tallos de los girasoles, asumiendo que su esencia es la de un ente de luz que requiere del alimento constante del sol y que su belleza radica en la apreciación no de los sentidos sino de su ritual que le caracteriza de entre las flores que son comunes y ella.
Lineas verticales de aproximadamente dos centímetros de ancho que parten de sus hombros, rodean su cuello en un semicirculo perfecto y se deslizan a lo largo de su forma tenue, dando un aspecto de delicadeza mas allá de lo humano y que terminan siete centímetros por debajo del final su rodilla. Primero verde, del mismo que cubre sus pies, y luego blanco como nieve que encumbra conversaciones con la mas lejana de las nubes. Primero verde y luego blanco. Primero verde y luego blanco. Y así hasta el borde del infinito.
La noche sobre sus ojos marcando el horizonte y en eclipse de tonos que abarcan la oscuridad definitiva, vista desde la perspectiva de Zeus.
Dos personas y un camino en donde van hombro con hombro 
sin atentar a su derecho de espacio y además, sintiendo el lazo de la compañía sea o no de forma premeditada.
Cuatro de la tarde con todos los minutos.
Seguíamos nuestros pasos por nuestros caminos compartiendo el sol, la dimensión y pensando que en cualquier momento, el sueño tendría que terminar.
Y cuando desperté, me pareció ver que tu vestido de rayas marcaba el oleaje de tu paso sin movimiento y que te ibas del lugar que nunca visitaste pero en donde vives actualmente.
Seis de la mañana con treinta y dos minutos.

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