575.1 Nublado

Desde que recuerdo, siempre he creído en la existencia del alma. Al principio era la explicación lógica a los latidos, a los malestares, al hecho sencillo de la propia existencia. Si tienes alma, seguramente se encarga de las funciones básicas y primitivas de la composición humana.

Era de mañana o al punto crítico en que la tarde empieza a fallecer, en realidad no importa saberlo por que no estoy seguro en totalidad que haya sucedido. El vapor intransigente de las personas que en conjunto se extendía en la atmósfera cargaba, indudablemente, del desecho dañino que caracteriza al animal racional. El viento en su va y ven abrazaba el horizonte mientras se alzaba un paisaje digno para la galería atemporal del recuerdo. El gris del asfalto siempre me trae sentimientos de melancolía, aquel no era la excepción. Un gris concentrado y húmedo colocado estrategicamente para enfatizar uno de los verdes mas intensos que jamas haya visto. Aquel segmento de hierba estaba tan sumergido en su concepto de vida que difícilmente podría ser parte del primer plano sobre el cual posaba la mirada.

Bastaba con girar la cabeza un poco para que aquel segundo de belleza furtiva se fuera. Era encontrar que estábamos sumergidos en un cajón inerte con gente pasando alrededor, siguiendo caminos prefabricados y sin idea alguna de la presencia de los sentidos.

El cruce de los vagones llegaba como cruel estampida en los oídos y a su paso levantaba el polvo fino que cubría el suelo de la estación, haciendo que ligeros remolinos reacomodara de forma caprichosa y sin estética alguna la basura que descansaba plácida debajo de nuestros pies.

Mi mente estaba en blanco, o pretendía permanecer de esa forma, por que soy vulnerable a sus detalles. Lo único que esperaba con todas mis fuerzas era no perderme en su mirada porque, a pesar de ser una constante en mi camino, todas las huellas que dejé como pista para regresar en caso de profundizar a un nivel desconocido se desvanecieron en el choque de ventiscas de los vagones. Siempre pasaba lo mismo, siempre terminaba perdido y completamente extasiado dentro de ese par de ojos oscuros que por alguna razón también evitaban chocar con los míos.

No recuerdo a ciencia cierta en que momento me quede sin alma. Hay tres lugares en los que debiera encontrarle sin temor a errar. El primero es en el lugar en donde tantas veces me he perdido: la luz de su mirada, el infierno blanco donde descansan sus pupilas. Sus ojos.

El segundo esta justo en la planicie de su tacto, sobre los poros de su suave piel canela.

El tercero y ultimo sitio debe ser la prisión intangible de su respiración chocando con mi pecho, con mi barbilla, con mi rostro, con mi cuerpo; la sensación de su calor corporal deslizándose dentro y fuera de mi organismo. Mi alma se enredó en sus cabellos y viaja afortunada, rosando a cada paso el aroma de sus mejillas.

Me quedé sin alma, con la cabeza recargada en la puerta de un vagón de metro. Su delicada espalda se movía justo en el sentido en que mi humanidad se alejaba y la escena deprimente del asfalto contra el césped terminó por convertirse en un espacio vacío de nubes negras y visión empañada del cristal rayado de aquel transporte.

Nuestro principio no es ese pero, ¿Quien soy yo para describir más de 500 días en los que estuvimos tan cercanos al punto de la fundición y tan alejados que nuestro tacto bien pudo aminorar el desastre del deshielo en los extremos terrestres?

Aquellas nubes nos hablaron de nuestras pertenencias y del nublado principio en donde perdí mi alma. Faltan explicaciones sólo a los latidos. Me falta mi alma.

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