digiere 1

por primera vez en mucho tiempo, su olfato callejero se situó en medio de la inconsistencia. alardeó capturarlo todo, cada segundo de aroma que viajo del ente perfecto de femeníl presencia hacia las fosas infernales de su sentido pegado al rostro.

era un aroma familiar, de hierbas que crecen en alguna parte y ahi mismo se pierden, molidas por el viento y el paso indiscreto de las fieras.
evocarle era recordar y recordar, resucitar (más bien despertar, no se puede resucitar lo que no muere, lo que no se va) y ver erguirse el delicado panorama del ayer que cada día se vuelve mas antaño.

y el viento, desde entonces, tiene su sonrisa, su presencia, el peso de sus palabras y el tono de su carcajada. un beso naufraga en busca del nido perdido.

busca sus labios, sus mejillas.

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