De la eternidad parcial de las flores artificiales (La flor de plástico)

Resulta que desde el inicio de mi tiempo y hasta hoy, el justo momento en que respiro segundo a segundo bocanadas de lo que será un segmento de mi vida vivida, no había tenido la plena certeza de mi gusto excesivo, casi alucinante por las flores de plástico.
Hay dos cosas que simplemente no tolero y de las cuales se prende un coraje con rostro de indiferencia naciente, por supuesto desde lo más recóndito de mi estómago. Y es que no es para menos.
Me molesta que lo que me guste sea orgánico y que el hecho de que sea orgánico lo convierta al mismo tiempo en algo hermoso sobremanera.

Si bien la idea de permanecer a lo largo del tiempo como una estampa sin animación ni movimiento no encaja en el estándar ideológico de mi línea a seguir, llega sin duda un momento perdurable, una sensación repentina que nubla el sentido común y se enreda en la triste e imposible idea de nacer, crecer, reproducirse y jamás morir.
Y uno se vuelve en una clase de flor.

Las flores tiene el nombre que algún creativo les dio mientras miraban las nubes coronándoles, tanto a ellos como a las flores, por supuesto.
Y a pesar de la ignorancia del caminante al señalar y decir -Que hermosa flor- no cambia el hecho de que tenga un nombre. Y la flor, al escucharlo, se levante orgullosa al mencionárselo. De ahí que permanecer es adquirir una identidad y luego entonces adquirir una identidad es como querer ser reconocido y nunca desaparecer de la mente ni del más ignorante de los caminantes.
Y uno se vuelve flor.
No se si una margarita o una orquídea o un simple lirio que haga confundir su sencillez con belleza, siendo que redunda en bondades que iluminan lo que un lirio encierra. Lo es todo.
Un todo muy particular y tan finito que justo eso, la noción de una meta que no es requerida en ese momento, vuelca su permanencia en un brote de cizaña.
Poco a poco aquel detalle incomparable que surgió de lo profundo y que lo hizo crecer en un camino sin final y sin tiempo se tuerce y se precipita en una pendiente que se inclina hasta llegar a la rectitud de su fatal desenlace. Poco a poco sucede.
Y no es suficiente el hecho de concretizar los buenos momentos como un sostén o respaldo de algo que sin duda alguna marcará un final. Ya ni los caminantes ni los nombres de flores ni todo aquello que pueda contarse y acumularse para ser otorgado a cambio de un segundo es suficiente en medida de dar tan solo un paso atrás.

Y en lo cruel del descenso radica también, por increíble que parezca, un sello que adorna y transforma en algo bello y sublime. No es un sentimiento suicida, homicida, desentrañado ni oscuro, sino más bien un retoque, un matiz de sombras que realzan lo que ya es inevitable, el olvido con cara de muerte.

Y es bello sólo por una razón. En la muerte, uno también parece flor.
Como las flores, uno también conoce que llegará el día en que seremos sembrados y formaremos parte del subterráneo mundo del verdadero estado eterno.
De semillitas se desarrolla una gigantesca y compleja estructura cuya intención será dejar una huella tan temporal como su presencia.
Cuando es tiempo y ya se ha estado sembrado, el viento en susurros y entre dientes va absorbiendo lo que se es. Ya no es una opción el quedarse hasta que un caminante le reconozca a uno, sino que llega la hora de montarse a sus hombros y seguir andando, quizás siendo ignorante y señalando a otras flores que yacen en el camino en espera de que el viento les diga que ha llegado la hora de marcharse.

Y después de toda una vida siendo aroma y de toda una vida siendo colores y después de toda una vida siendo flor, cuando el viento dice ya uno suelta la careta, tira los pétalos y los deja en el lugar en que le crecieron a uno y por los cuales naciera el primer impulso a ser reconocido.
Las ideas se quedan desnudas y la caída del sol es inminente, no de aquel astro que rige en las nubes y a veces se viste de naranja y dorado, sino del sol personal que se extendía a lo largo y ancho de la responsabilidad de ser flor.
La silueta desvaneciéndose al trasluz de cada segundo y algunos pétalos doblados sobre los suelos hacen que la clara imagen de la ausencia sea a su vez presencia del espectáculo más bello, el de salir de la conceptualización del hombre y su mundo conocido y llegar con una sonrisa al pleno desconocido.

Pero no para las flores de plástico.
Son lo suficientemente bellas al nivel de la naturaleza de su perecedero encanto y tan inmortales en cuanto a que yo me iré al mundo desconocido de las flores y ellas, seguirán aquí por un tiempo esperando a su propio viento.
Me gusta el equilibrio y los girasoles en plástico suave.

Saludos azules

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5 comentarios en “De la eternidad parcial de las flores artificiales (La flor de plástico)

  1. San Joni dijo:

    Mi mejor amiga y yo siempre decímos una frase del Maestro, genio y noble señor, J. Sabina. La cual comparto con todo el mundo y que siempre nos identifica. “… plantemos girasoles en la luna”
    Cuando pueda, me voy a tatuar (otra vez), un girasol mirando la luna. El imposible que siempre podemos hacer 😉
    Genial blue, como siempre, genial!

  2. LintuxLux dijo:

    shaa -_- por qué sólo hablamos de amigas? jajaja bueno eso fue un paréntesis…

    Y bien, os gustaís más las plásticas? pff pero si nunca se muere no hay vida…

    <>

    Acaso los girasoles también crecerán en el traspatio de ésta mente que algún día vivirá ésa “clase de vida”?

    Lo ignoro, pero mientras prefiero que una flor sea cortada para deleitarnos con su efímera belleza y su dulce aroma, a tener que pagar $10 por una que en poco tiempo se cubrirá de polvo… y ciertamente, perderá ése, su perecedero encanto… ahhhh

    A regalar flores ! 😀

  3. @M: Hay mas mundos y no todos son de concreto 🙂

    @San Joni: Los girasoles son las flores mas bellas que haya visto y el hecho de que miren a la luna se me hace tan fuera de la realidad que se antoja a mas no poder, Saludos!

    @LintuxLux: El plástico no vive, pero en algún momento tuvo que pasar por su mente sin mente (ja!) el nacer y hacerse a la vida. Además, los derivados del petroleo tardan en morir completamente, casi son inmortales xD
    Y no tengo corazón para matar una flor, a menos que sea por una mujer jajaja

    Saludos azules

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