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A veces, cuando se intenta de manera determinada de materializar la ficción de nuestros pensamientos, se puede.

Otras veces no.
Y otras, es imposible., impensable, casi antinatural creer en que soñamos lo que queremos o quizás que lo que queremos este suficientemente claro como para no ser confundido y cometer atrocidades.
Últimamente he soñado samurai. Me gusta soñar así.
Andanzas a la luz de la luna entre callejones y tierra suelta, dibujados los contornos de 3M (así se llama mi katana, eso viene grabado en el forro de piel de tiburón curtido, en uno de los seis tatuajes que llevo en el cuerpo e incluso me lo ha dicho) con tono de desafío a la sombra, asqueado de los ruidos que caen precipitadamente sobre de los oídos. Silencio.

Y mato gente.

Ya ni placer se siente.
Gruesas gotas de sangre resbalan sobre el rostro, evaporándose y haciendo nubes rosas sobre las mejillas. Hierve la sangre adentro, afuera, sobre la piel, en el suelo.
Y es tan rápido que solo el llanto del acero se alcanza a ver abriendo al máximo los oídos.

Una gruesa gota helada corre por mis sienes y caen rodando entre las sábanas. Y no es miedo, sino ansiedad y locura de regresar a cobrar de un sueño las ilusiones del arrebato del tesoro mas grande solo por conseguir descanso.

Y a veces no se sueña nada.

Saludos azules

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