No milk today

…No milk today, my love has gone away, the bottle stands forlorn, a symbol of the dawn…

Me levante tan temprano como suelo hacerlo los fines de semana, con la más mínima idea de lo que sucederá a lo largo de este día con cara de difunto y con aroma de flores frescas y mojadas. El suelo por donde mis pies restriegan su existir es igual de frio como todas las mañanas y de igual manera como todas las mañanas, se unen ambos, suelo y pies, en una danza de climas fusionados.

Mi destino era en la cima y por simple rutina o necesidad de cambiar de aires, me es necesario y de sobremanera abandonar mi estado de divinidad local para descender al inframundo de la normalidad, entre lo grotesco del camino, entre lo inclemente de las luces matinales y entre los gritos penetrantes del vacio del amanecer revueltos entre trinos, ladridos y pequeños vientos rebosantes de rosas mojadas.

Me dirijo a mi objetivo.

Justo delante de aquel instrumento que parece conservar en el tiempo el inevitable desgaste de la orgánica vida, cubierto de su pureza en cuanto al color, quizá no tanto en sus objetivos, me poso en silencio y le miro cual lugareño al extranjero, con un gesto de desconfianza, de curiosidad, en espera de la primera palabra o incluso del primer movimiento. Recorre mi visión disminuida sobre de sus pieles, todos los pequeños surcos que lo cubren parecen enredarse en un interminable trenzado de emociones y de vida vivida (tomando en cuenta que la vida puede ser vida gastada, vida no vivida e incluso vida sin vida).

Muy apenas puedo percatarme de su mirada, pues yace oculta entre las marcas de su destino. Figuras coloridas que en su juventud anunciaban libertad, rebeldía, incluso autonomía y que hoy en el final de sus días (o por lo menos en los últimos tiempos en que sigue hablando del presente y del futuro como un viaje y no como un recuerdo) son burlas pintorescas de la infancia ajena y de la apatía.

Mi mano temblorosa pasa sobre su piel, aun sin comunicar palabras, con el deseo de ofrecer mi carne por alimento y mi mente por consuelo. La frialdad de su interior parece poder agredir sus fronteras y llevar al límite su función adjunta, mientras su rostro inexpresivo escupe lamentos y quejas de que su vida de árbol le pesa, le hiere, sencillamente le causa nauseas y desea morir en un segundo o volar como nunca imagino hacerlo.

Mis dedos hurgan entre los pliegues de su existencia, mientras se toman con fuerza de ellos y se preparan a destaparle el alma.

Y solo en ese momento soy capaz de mirarle el rostro. Una cara blanca, casi transparente, me sonríe mientras sus ojos lagrimean por el miedo de recibir la muerte, muerte que entre gritos de silencio pide. Poco a poco se comienza a desprender su piel. No expresa el mínimo signo de dolor, no sangra, no vierte sobre mis dedos el liquido de vida ardiente de mis ilusiones insanas y de mis recuerdos de cazador de almas a costa del dolor ajeno. Un crujir de su cráneo y una oleada de viento helado sobre mis ojos me hacen ver que estaba vacio, que no vivía, que sencillamente estaba por estar y que la falta de atención y su rostro inexpresivo no eran en vano.

-Oscar, ¿Qué estas haciendo?-pregunto mi madre.

-¿Qué no hay leche en el ‘refri’?-contesté.

-No, hoy compramos atole

De haber sabido, ni me acerco al refrigerador.

Saludos azules

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