Ojos de perro callejero [Parte 1]

“La valentía no basta-afirmó Squealer-. Lealtad y obediencia son más importantes” Rebelión en la Granja, George Orwell.

Bastaba con verlo a los ojos para darse cuenta de su pasado, de su presente y de una forma bárbara, resultaba muy obvio ver su futuro teñido sobre la piel tostada de sus lomos.

Fue el cambio climático el que dibujó la escena, quien tomo la fotografía que quedo plasmada en la memoria del mundo en aquella mañana de Lunes, pues no era temporal, sino más bien cosa del diablo, de los hombres o la melancolía de aquellos ojos reflejados al cielo.

Todos se habían preparado para las labores.
Aún no despuntaban los primeros destellos del sol ni las estrellas habían ocultado su rostro cuando los mugidos rítmicos de las vacas del establo se escucharon por toda la ranchería. Los gallos ya habían cantado y afilaban sus garras sobre el suelo, picando de vez en  vez para obtener los primeros sabores de la tierra amanecida, batida de rocío, de noche, de luna y de estrellas.
Una larga fila de animales tan enormes para poseer independencia pero tan incapaces de imaginarlo comenzó a desplazarse sobre el camino de terracería. Miles de cascos chocaban contra las hierbas que suelen crecer a las orillas del camino mientras que otras tantas quedaban sepultadas en una plasta de estiércol suave como nube y brillante como esmeralda.

Y de lo que parecía ser un día lleno de vida, de luz y colorido, un escupitajo vulgar, del tamaño de una manzana madura, hizo nido en el suelo dejando una huella de lo que estaba pasando.
Muy apenas se podía distinguir que había dejado de ser madrugada, empezaba a salir el sol cuando se devoró a si mismo y se borro del horizonte.
Aquel que sostenía el cielo decidió dejar de hacerlo y en infinidad de pedazos helados, húmedos y líquidos, gota a gota, se lleno el llano verde de agua.
Cada paso de los animales creaba ondas expansivas sobre la superficie lodosa y aquel estruendo de cascos dejo de ser metálico para convertirse en un ridículo “splash” que parecía no tener fin.

Enseguida, una turba violenta y estúpida de nubes con patas corrió tras las vacas, dementes en los estruendos del cielo provocados por la torrencial lluvia.
Miles de ovejas lavaban sus lanas mientras trataban, al mismo tiempo, de arrancar las hierbas del camino, de desenterrar las que yacían inmersas entre el estiércol, mientras que su capataz azotaba de manera incesante el chicote para hacerlas caminar y dirigirlas al establo principal, donde también estaban por llegar las vacas y donde ya estaban los caballos y los bueyes, pues la lluvia quebró las expectativas del trabajo que debía realizarse.

Fue el diluvio mismo.
No paró de llover en todo el día, los animales se quedaron sin alimento y el llano se volvió pantano.
La luna empezaba a salir, tal como lo hace la mayor parte de las noches. Enormes gotas de lluvia no dejaban de caer aun y nadie yacía en aparente vida, los animales dormidos, los hombres en el cobertizo bebiendo aguardiente, mentando madres y cayendo de borrachos, las mujeres en casa durmiendo a los niños y un par de jóvenes aventureros enseñándose a amar mutuamente en el pajar.

La mañana siguiente fue como despertar a mitad del fin del mundo.
Las espigas de trigo estaban destrozadas, el maizal totalmente en ruinas.
Y recostado sobre los pies del manzano que servía de sosten y pilar del centro de la ranchería, aquel ser de forma humana pero de espíritu animal.

Aquellos ojos depresivos y llenos de violencia acumulada se abrieron.
A pesar de haber permanecido desde la mañana anterior en el mismo lugar, parecía que las inclemencias del tiempo no le eran un verdadero problema.
Atascado en lodo, como si hubiese sido parido por la misma tierra, se levanto, tomo su pequeño sombrero de paja, cortó una manzana del árbol y dijo con una voz que no solo era voz, sino llanto animal y grito de guerra.

Me voy-dijo-.

Sus huellas se dibujaron por todo el camino y se rellenaban de agua cada que su pie se disponía a marcar otro agujero.
Nadie se atrevió a detenerlo, a despedirlo o por lo menos a verlo a la cara.
Era como si un fantasma pasara frente a sus ojos.

Algún día tenía que enfrentarse a si mismo-dijo una anciana que había salido a recoger quelites y huitlacoches-. Algún día tenía que hacerlo.

Continuará…

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