Puta y Samurai

…Por demostrarle a Mariana la bondad del Animé…

Los maderos mojados del puente recién hinchaban su naturaleza sobre el rechinar de sus yuxtaposiciones al paso de la sombra que arrebata las vidas indignas.
Un aroma de mujer sobre la mitad del camino, un paraguas abierto cubriendo lágrimas del cielo mientras la lluvia interna estaba por dejarse ver a través de los ojos.
Una pena, sin lugar a dudas, crecía sobre su vientre, se expandía hasta la sonrisa y el afán de ser una con las aguas del lago que se alimentaba en la naturaleza hicieron que los pasos ligeros del sembrador de aceros se acercara a ella, sin siquiera percatarse de sus rasgos.

Si deseas quitarte la vida, más valdría que te tiraras en la parte más al centro del puente, ahí solo lograras golpearte, pero no volarás fuera de nuestras realidades-dijo el samurái con las manos sujetas a los anchos de su sombrero de paja, que retenía las gotas claras del cielo.
Acaso luzco tan triste?-dijo la dama tomando con mayor fuerza aun su paraguas, haciendo el máximo de los esfuerzos para que no surgieran en ese momento las lágrimas de su tristeza. Solo admiro el lago-insistió con una sonrisa mientras alisaba sus cabellos y pasaba sus sensibles dedos sobre la seda de su kimono.

Y como llegó se fue, entre la marcha de las gotas cayendo sobre los suelos, con las sandalias mojadas y los cristales de aquellos raros anteojos llenos de humedad y de penumbra, con las manos sobre las katanas. No olvidó aquella vida que sin querer destinó a seguir entre los umbrales de la vida, pero ocultó su recuerdo muy en el fondo, en el sepulcro de su pasado, en el recipiente de la sangre que ha cobrado.
Era su primer día de empleo, empleo de matón, que resultó ser de restaurantero, en un puesto ambulante de anguilas.

Solo, frente la plancha, con el matamoscas sembrado en el distintivo que le diera su fama y sus maldiciones, esperando a que el cielo terminara de caer sobre la tierra en amenazante forma de presagio de su apocalipsis, cuando le vio de nuevo.

Entonces eres cocinero?-le dijo a penas lo vio ataviado con el mandil sobre sus ropas azules y negras, con las katanas reposando sobre las paredes del establecimiento y con los utensilios de cocina en las manos.
No-respondió. Soy samurái, pero ahora trabajo de cocinero.
Como bendición se lleno el lugar y su incompetencia ante todo, disfrazo el hecho de que ella fuera quien sacará el negocio muy a pesar de que solo buscaba un pequeño aperitivo.

No era de noche cuando el puente, ni cuando las anguilas ardieron sobre la plancha, pero lo era cuando otra vez fue el vacio y ella rompió de tajo el silencio.
Supongo que esta será la última noche de mi libertad y me dio gusto pasarla contigo.
A que te refieres?-preguntó el mientras dejaba fuera de si el disfraz de lo que no era y colocaba la extensión de su brazo sobre su costado.
Esta noche ingreso a un burdel. Mi esposo cayó en bancarrota y tuvo que venderme para salir de sus deudas. No hay salida y mi destino será vender mi amor por los dos-replico mientras su sombra se pintaba sobre la acera, mientras el crujir de la madera volvía hacer efecto sobre la atmósfera y sus pasos se hacían livianos, tanto como para percatarse que la vida se va segundo a segundo de las manos.

Solo quedo sobre la banca desteñida su paraguas, esperando el imposible hecho del regreso.

Mientras, a lo lejos, en lo más profundo de los tugurios, una mujer virgen vende caro su sexo y sus caricias vacías, aunque nunca se entere del precio ni del animal que trepanó su cuerpo; y claro, nunca dejo de ser virgen. Recargada sobre los barrotes cual bestia exótica puesta a la vista y a la venta, con los pechos al aire y los pezones viendo al cielo.

Olvidaste tu paraguas-dijo empapado de pesares, embriagado del amor sincero, con la plena conciencia que frente de el estaba la persona que capturó sus sentimientos, un ángel, que por instantes le parecía caído y por otros, simplemente saliendo del horrible destino del infierno.
Gracias, pero aquí no me hará falta. Puede caerse el cielo, incluso llover flechas bañadas de fuego y yo no saldré de aquí jamás. No me busques más, permite que trabaje y olvide un poco mi destino.

Cual te ha gustado?-dijo una voz saliente de la puerta del lugar.
En realidad no tengo dinero-respondió el samurái.
Entonces tenemos un mirón. Sabes que les hacemos a los mirones, bastardo?
Un grupo de hombres salió de la nada y rodearon al hombre de traje azul, quien solo necesitaba desenfundar su arma y cobrar la sangre del que se interfiere en su camino, pero era tanto el dolor de ver a su amor de medio día que solo cruzó los brazos y recibió uno a uno los golpes que su alma y sus sentimientos recibían sin siquiera el mínimo contacto.
Un charco de lodo amortiguo su caída mientras su amada hacia lo mismo, resguardaba su decencia sobre un colchón de sábanas blancas con las piernas abiertas.

Pasó tan solo una noche cuando de nueva cuenta, sobre los barrotes de aquel bestiario de pasiones fingidas, estaba él, con los ojos firmes en la mujer que ni sus fierros ni su agilidad pudieron derrotar.
No has tenido suficiente?-dijo el dueño del lugar.
Ahora tengo dinero y la quiero a ella.
No tardaron en colocarlo en una de las habitaciones, con vista al mismo lago que uniera sus destinos.
Ella, con el kimono abierto al centro, sentada a su lado, intentando ser la mujer, su mujer por el precio justo, pasaba su mano dulce sobre su rodilla.
No es necesario-dijo el mientras apartaba de su tacto aquel fantasma femenino.
Pagaste demasiado-replicó mientras sus ropas quedaban en el pasado y su entero cuerpo teñido del color del arroz frito desfilaba frente sus ojos, que se negaban a adquirir el servicio que consiguieron y que, en respuesta, cerraban su instancia para que ella bien pudiera observar su belleza en el reflejo de los lentes.

Pero era la compañía, las ganas de amarse a media noche, bajo los rayos de la luna, bañados en la lluvia de sus cuerpos; justo eso era lo que los lanzó a disfrutar de ser humanos, a buscar en un rincón de su sexo el sentimiento que lo vuelve de vano placer en una experiencia de paraíso.
Huyamos-dijo el mientras besaba su espalda, con ambos frente al espejo, en la consumación de sus fuerzas.
Soy una mujer casada y debo a mi esposo el deber de estar con el hasta que decida divorciarnos.

Nada quedo de aquella promesa, una balsa sobre aquel lago que muerte tenia destinada del primer día se volvió una vía de escape a la purificación. Un charco de sangre, muchas vidas robadas, una katana sucia de la indignidad de la sangre derramada, un amante a las orillas del lago y ella con dirección al recuerdo.

Gracias Jin-dijo ella por últimas palabras, mientras se volvía bruma entre las aguas, la noche y el olor a tierra mojada y sangre que siempre me ha fascinado.

Saludos azules.

PS. Basada en el capítulo 10 de la serie “Samurái Champloo”

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