Fábrica de runas

Fábrica de runas.

El urogallo cantó como todos los días a las 5:50 am, justo el momento en que los obreros de la fábrica de runas se levantaban a tomar su desayuno y salir a la jornada del día. Un trabajo que no era nada sencillo y que, por si fuera poco, no era realizado por cualquier ser poseedor de vida. Existía todo un rito selectivo de aptitudes y actitudes para desempeñar lo que muchos consideran una artesanía y es en realidad la creación en baja escala y en mínima potencia del flujo mágico de los días, el mismo curso del mundo.
Dicho trabajo era realizado por druidas, seres hijos directos de la naturaleza, enlace hecho persona entre el mundo mágico y el mundo real. Y aunque no todos eran iguales, sus características mágicas podían catalogarlos dentro del grupo de los druidas. Su poder no se limitaba a la transformación a placer en el animal protector del día de su natalicio, a sanar enfermedades y ser eternos como el polvo, eran mensajeros del tiempo y acarreaban sobre sus espaldas con los hilos enredados del destino de los hombres, los cuales miles de veces se enmarañaban en sus plateadas barbas.

Su jornada obligatoria comenzaba al despuntar los primeros rayos del sol, cuando las primeras gotas heladas de la noche empezaban a resbalar sobre las ventanas y los techos, confundidas con el musgo y miles de insectos vueltos momias congeladas.
Salían en enorme fila, con sus picos, palas, carretas y sacos de cuero, algunos llevaban sus gamos cargados con sacos vacios mientras otros mas llevaban algunos urogallos descabezados para preparar el almuerzo.
El primer paso era sacar minerales de las cuevas, aquellos polvos pigmento de las runas.
Y no era tarea fácil, pues sus propias raíces, su madre vuelta terreno habitable, les había inculcado el respeto a la vida, a los entes inanimados, a los ancestros vueltos espíritus y a los aromas de la paz.
No se trataba de mancillar el honor de la tierra, de despertar los espíritus que duermen en las rocas ni mucho menos de hacer que el viento anuncie el peligro y la destrucción con olor a tierra mojada, sino de agradar a la cueva con cantos, con hechizos y con firmes promesas de devolverle todo lo tomado con alimento biodegradable.
Una convocación de miles de aves ocultas entre los pinos blancos de nieve salían entonces y a una voz entonaban un chillido mortal que erizaba la piel y hacia brotar ríos de sangre de los oídos, locura desenfrenada, éxtasis de dolor, orgasmos latentes entre la lujuria de la tierra poseída por el sonido y terror, terror de paz total y del bullicio.
Entonces la tierra estaba en su punto, envuelta en sus emociones y era momento de trabajar. Los druidas con picos entraban corriendo a las cuevas y penetrando sus aceros en los suelos hacían brotar saliva, sangre y minerales fundidos en un liquido azul intenso, parecido al oxido de cobre. Por medio de gritos y de hechizos con haces de luz oscura esos líquidos eran prácticamente vueltos solido y molidos al mismo instante, mientras nubes de polvo azul se levantaban al interior del recinto y eran  guiadas hacia la intemperie, para ser presa fácil de los costales de cuero que yacían en las espaldas de los gamos. Los druidas con palas esperaban el momento en que parara el fluido para volver a cubrir las heridas con tierra ardiente mientras recitaban hechizos que sellaban las aberturas.
Todos salían corriendo de nuevo mientras los urogallos frescos, muertos y sin rostro eran arrojados al interior, tragados de inmediato y todo volvía a ser normal, solo que los minerales estaban en el lado útil, el primer paso de la elaboración de las runas estaba concluido.

Entonces el camino era virado justo a la fábrica, un enorme hueco estéril de suelo rodeado de árboles, huesos de gamo afilados a modo de lancetas y miles de huesos más de otro tipo de animales, desde pequeñas ardillas, felinos, perros de caza hasta bueyes, ñus y humanos.
El único acceso era el santo y seña de la naturaleza, un túnel labrado de forma adimensional en donde los druidas y sus gamos eran empujados y atravesaban la naturaleza y sus armas sin recibir herida alguna.
El polvo era esparcido por los suelos formando los símbolos del destino, y los suelos del bosque se sentían asqueados cuando los minerales del orgasmo de la cueva caían sobre su cuerpo, por lo que recubrían con rocas del interior, pedazos de piedra suave pero ardiente por salir de las entrañas. Una explosión de energía liberada cimbraba la tierra, latidos de magma y aires fríos cubiertos de magia negra secaban lo que fuera polvo de estrellas enterradas y lo convertía en pequeños símbolos tallados sobre roca, madera o hueso.
Y después eran depositados en pequeñas bolsitas de piel de ñu, atados con cordones de pelo de lobo ártico y se dejaban en las puertas de los elegidos, humanos no corrompidos.
Todos eran poseedores del destino, del futuro, de lo que será mañana y de la verdad absoluta.
Y a pesar de ello mucha gente es muy sabia y prefiere dejarse sorprender…

Saludos azules

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