El vacio

Estaba sentado en una de las enormes jardineras del Palacio de Bellas Artes, viendo sus cabellos negros y lacios flotando frente a mis ojos, en un va y ven hipnótico que terminó por perderme en la inmensidad de mis deseos y en lo profundo de mis ideas.

Una escultura de corte greco-romano y la arquitectura del lugar, el aroma a hierba evaporada, los colores de la gente y la calidez de los niños mientras hablan con los turistas, quienes mas asombrados que en sus primeros días en el mundo repetían sin parar “I can´t understand”.

Y otra vez sus cabellos sobre mis ojos, tratando de cegarme, dejando en claro su presencia y la falta de mi voz sobre las ondas de la suya. Su espíritu se transforma, se vuelca sobre las olas del viento, mis cabellos cubren las ideas y me vuelvo viento también, mientras el sol se muere en un segundo, las nubes lo cubren y lo cargan hasta su balsa, en donde se lleva a cabo el funeral vikingo de todos los días.

Y no es que sea relevante, solo hay que llenar el espacio que dejan las tareas cotidianas con algo, para dar la ilusión que seguimos en nuestro mundo, en nuestro pequeño y frágil mundo azul.

De ahí el vacío, el vacío de mi, de todos, el vacío de uno.

Saludos azules

Palacio de Bellas Artes

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