Los daños no ajenos

…Maybe…

El día menos pensado, en un segundo de incertidumbre y, seguramente el día perfecto para el fin del mundo, en mi casa se murió para siempre el sol.
Fue un día tan loco como muchos otros, en donde amanece nublado y con una temperatura quizás tan baja como los ánimos de seguir caminando, y que inexplicablemente subía su grado de triste día invivible a un agradable connato de paraíso.
Comenzó a tornarse perfecto cuando una voz potente, casi un gruñido, dijo:

-Ahorita vengo, voy por el sellador.

Y lo que parecía el recorrido cotidiano de un sábado en una familia promedio se convirtió en un cataclismo, en la muerte anunciada de los días comunes y quizás en un vuelco a la vida de todo ser que se jacte de decir que posee aquel sello animal de su auto comprensión.

Mi casa, más por un capricho, una ilusión sembrada desde la niñez, esta compuesta en la fachada entera por tabiques rojos. Un tono quemado por los hornos del tabique y una ligereza de resistencia recubren mi hogar. Pero dicho detalle necesita de muchos cuidados y uno de ellos es precisamente protegerlos de la humedad del ambiente, lo que se logra barnizando con sellador para madera.
Además de dar un alegre brillo, se obtiene una apariencia de nuevo, de recién levantado, se ve bien, pa’ pronto.

El día empezó mal desde el clima y seguía así a pesar de que su rostro ya era otro. Eso no detuvo las ansias de mi padre para con el trabajo, su naturaleza se lo impide, quizás un detalle de hiperactividad infantil lo acongoja o un simple deseo de hacer lo que sea para evitar recordar que los años pasan y esta dejando de ser el jovenzuelo de mil y una aventuras (detalle que, a pesar de mi rostro sonriente y sin tanta fijación, me hiere y me trastorna. Mis viejos se están haciendo viejos).

Después de montar su tendido, que parecía lo haría llegar hasta las mismas nubes, tomo su brocha recién empapada en el liquido lechoso y pincelada tras pincelada, como maquillista profesional, paso por cada uno de los tabiques rojos, sin dejar ni una sola esquina, ni un solo hueco, ni una sola expresión facial de ellos sin sellador.
Pronto las bardas de nuestra casa dejaron de ser rojas y opacas para volverse de un tono pardo húmedo, casi color vino con destellos entre azul y morado.

La casa renació y se volvió de nuevo a sus ayeres tiernos de cuando por primera vez recibió nuestros rostros matinales, nuestras ilusiones tempranas y nuestros sueños cristalizados en un lugar, nuestro lugar.
Retomando aquellos tiempos, por mera decoración, mi madre le compró al cielo la luna y el sol. Los clavo en la pared de la derecha, con perspectiva de la entrada, justo encima de los rosales y de la sábila.
El tiempo también pasaba por ellos y la intemperie se encargo de borrar de sus rostros la luminiscencia del primer día. Sobre todo al sol, su cara bonachona y de señor buena vibra lucia como de recién llegado de la playa, con la nariz descarapelada y los parpados quemados.
La luna, mas delicada y tierna, como siempre, se ubicaba por lo regular a la sombra y solo las lluvias y los vientos hicieron que su cabello se enredara.

Las paredes lucían en esplendor y mi padre las admiraba fumando lentamente, cuando advirtió la presencia del sol y la luna, con todo y sus desperfectos.
Mi padre no podía ocultar su naturaleza sentimental (nunca puede, por mas que se esfuerce) y no soporto el hecho de una luna bella y un sol deteriorado, por lo que su mágico pincel paso por encima de ellos y en un santiamén se convirtieron en su bello reflejo de la antesala del tiempo.
No lo sabia, pero había preparado a su muerto del día.

No habían pasado ni diez minutos de que terminó su labor cuando de la nada un escupitajo colado cayó sobre las cuencas oculares vacías del sol, dando justo en la esquina derecha de su ojo izquierdo. Aquella gota infernal de agua se convirtió en una poética lágrima del sol, que despidiéndose del mundo que compartió con nosotros desde nuestros inicios, resbaló por su mejilla de arcilla.
Pronto, el cielo reconoció que lo peor sucedería y decidió que el seria el presagio y el castigo.
La lluvia parecía querer deslavar todo a su paso, no había visto llover de esa manera de forma gratuita. El sellador de las paredes no resistió el acoso y comenzó por correr por sobre las paredes, dando la ilusión de que eran de cera y un fuego interno, un promiscuo ardor de su sexualidad hacia que se cedieran a los suelos en actitudes casquivanas.
Lo mismo le ocurrió a la luna y al sol. Este último no resistió la ruptura del noveno mandamiento y decidió dejarnos.
Se soltó del clavo y cayó secamente (por irónico que parezca) a un lado de la coladera. Un espantoso grito heló nuestra sangre, la de mi hermana que estaba leyendo su código penal, la de mi padre que estaba viendo su programa de espectáculos, la de mi madre que estaba saliendo de la cocina con un platón de fruta hecha coctel y la mía, que estaba por terminar por trigésima vez Super Smash Bros en mi emulador de nintendo 64.
No pudimos hacer nada, más que esperar a que cesara la lluvia, recoger los pedazos y darle un sepulcro digno de una deidad alabada por todas las religiones y filosofías.

-Que chingaderas; de haber sabido que se iba a romper su madre, ni le pongo sellador.

Fueron las últimas palabras de mi padre, antes de echar los pedazos a la enorme bolsa de plástico de alimento para perros.
Y lo peor de todo no es que nos quedamos sin sol en casa, ni que la luna se vea distante, sola y no me hable, ni mucho menos que hasta el día de hoy no se ha solucionado el problema, lo que es verdaderamente lamentable es que usemos por costal para basura una bolsa de alimento para perros y que no tengamos perros y ni siquiera este en nuestros planes obtener alguno.

Saludos azules.

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