Lucecitas de ciudad

…Rompiendo paradigmas…
La media noche vagaba en medio de su oscuridad y nadie pensó que ella misma lamentara su estado tan tétrico, tan nocturno, tan pleno y tan de noche, que le dio su nombre.
Porque nadie dijo que ser una noche fuera fácil, y menos cuando se esta a la mitad justa de su plenitud.
Las noches, cuando son pequeñas, corren, juegan y son osadas. Hacen ruedas, rondas y cantitos dulces alrededor del sol, quien camina cual elefante torpe, adormecido y sin visión. A veces las pisa, haciéndolas llorar.
Así es el sol, es un desconsiderado, que sueña ser una noche, una noche albina.
Las noches siguen creciendo, todas envueltas en su feminismo, porque son mujeres, lindas y esbeltas mujeres, no hombres, varones rudos, porque nunca se ha oído hablar de un noche, sino de una noche, de muchas.

Y llega el día en que dejan de ser niñas. Olvidan sus rondas, sus canticos y sus risitas. Se encierran, temen ser vistas de rara manera, porque sus ropas ya no les quedan.
Tejen largos vestidos oscuros, que ocultan sus siluetas.

No siempre son serias, como lo necesita la condición de ser mujeres y no niñas. A veces ríen, de forma más sarcástica, pero lo hacen. Se mecen sobre las hojas de los árboles, con los dientes blancos hacia el horizonte. Mandan besos a la gente que camina por las noches y enamoran a los hombres, que siempre han sido débiles ante una sonrisa, un enigma y una confianza tejida al ras y en lo profundo del silencio.

Luego los abandonan, les regalan una lágrima y les dicen que son ajenas, que deben ir arriba, no deben estar entre los colores, porque ellas ya lo son todo.
Y se van corriendo, llorando amores y sonriendo los dolores.

Luego se vuelven plenas, mujeres maduras y fértiles en la mitad de su esencia. Se abren el vestido y una línea plateada se desliza entre sus senos, sobre de ellos y los dibuja en un lienzo negro base.
Dejan caer aquella tela sobre el horizonte y se pasean desnudas, hermosas, palpitantes y rebosantes entre aromas a lirio, violeta y manzanilla salvaje.
Nunca veremos a las noches, solo sus vestidos.
Nunca sabremos de su cíclica edad, que después de la media, de su mitad, se vuelcan al inicio cual retroceso de película. Vuelven a ser adolescentes, vuelven a ser niñas, a cantar, correr y jugar haciendo una rueda al sol y vuelven a nacer en medio de trinos y carcajadas.

Y tiernas luces de ciudad se vuelven locas, no comprenden el ciclo de vida de las noches, pero ellas también tienen su historia.

De noche en mi ciudad
Saludos azules
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