El viento

Algunas veces solo corre.
Y corre embravecido, como el rio.
Los niños juegan en el rio, se hunden, viajan, vuelan al fondo entre peces de colores y latas de aluminio.
Y el viento no esta abajo, quizás no se lo permita su naturaleza o le tenga miedo al agua.
Y debe ser miedo, miedo a quedarse sepultado, a no pisar mas la intemperie, a mover las hojas del suelo, acariciar rostros y cabellos.
Y que decir de levantar faldas en la plaza, asustar palomas, elevar papalotes y tirar cableados urbanos.

Y luego no corre.
Nomas se queda ahí, sin respirar siquiera, quieto, inmerso en su mente, ido en su oído, vuelto piedra, pero de esa piedra que se desmorona cuando la toca el viento, se autodestruye y emerge tan completo como en el segundo recién fallecido en que cayó.

Y después esta y no esta. En una pesadilla mágica de permanencia voluntaria.
Las luces neón de su ausencia se apagan en el grito ahogado entre los troncos. Los perfora, nos perfora, nos perforamos, somos huecos y sonoros involuntariamente y también por obligación evolutiva.

Y se va.
Todos se enfurecen.
El polvo se torna erguido y amenazante.
El rio se calla, los árboles ya no bailan y los cabellos lucen tan estáticos como el cristal, como almas perdidas en un mar de resitól blanco para madera.
Y no nadan.
Nunca lo han hecho y por eso claman al viento.

A mi me gusta, me voy vuelto en la corriente, solo sonrío y como polvorón de nuez…

Saludos azules

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