Teléfono

…Quien habla?…El sonido típico, normal y cotidiano de cada amanecer se hizo presente de nuevo. Aquella caída de agua, cascada de pureza urbana vuelta sanidad bañaba las paredes lisas de un baño de ciudad. El vapor fluía por todo el lugar, dejando un ambiente cálido y con aroma a hierbas.

Aquel santuario de sonidos, de sensaciones y de aromas se vio violado cuando comenzó a sonar el teléfono.
Un timbre inoportuno que deshizo el misticismo del entorno y lo regreso a su normalidad, un ruido intermitente que sacó de tajo aquel sueño vuelto verdad.

Y una huella de agua y jabón que comenzó en el baño, corrió por la cocina, se enredo en lo discreto de la sala y termino en un inmenso charco debajo del sofá, a un lado del teléfono gris empotrado en la pared.
Una mano delicada tomo el auricular y acercándolo a un rostro húmedo y fresco, sin dejar de sostener la toalla que cubría su silueta de Venus recién nacida a pesar de la soledad pronunciada, contestó:

-Bueno?
-Buenos días
-Buenos días, Quien eres?
-Tengo dos respuestas obligadas a tu pregunta. La primera, no lo se. Ser es tan ambiguo, pero es preferible a no ser, supongo. Y la segunda, es seguro que no soy tú.
-Ehhh, si, Verdad? A quien buscaba?
-En realidad no busco a nadie, solo quiero hablar
-Óyeme estúpido-una transformación inesperada de miedo con máscara de furia la hizo entrar a modo de defensa- mas vale que dejes de molestarme o si no…
-Cálmate Aurora
-Te conozco?-decía mientras sentía su cuerpo descender a su forma normal, con un grado de alivio, quizás el alivio que llega cuando la gente siente miedo y descubre que todo ha sido una broma- Como sabes mi nombre? Quien eres?
-No me conoces aún. Tu nombre, solo lo se y para tu ultima pregunta tengo dos respuestas obligadas. La primera, no lo se. Ser es tan ambiguo, pero es preferible a no ser, supongo. Y la segunda, es seguro que no soy tú
-Comienzas a asustarme. Si no me dices como te llamas, cuelgo
-Ahí debiste haber empezado
-Eso creo
-Si
-Y bien?
-Como estas?
-Bien
-Me parece bien
-Ehh, si
-Si, me parece muy bien
-Ya lo creo
-Y que más?
-Pues no sé, que más tu?
-Pues nada más
-Aahh, uhhmm, bueno
-Si, es todo
-Está bien
-Adiós?
-Creo que si
-Pues adiós
-Adiós

Un largo silencio, tan largo para sostener entre sus sienes más de una vida entera se maquiló, ni del lado de Aurora, en medio de la charca de agua de aromas y jabón de tocador ni mucho menos del otro lado del mundo, o para decirlo de forma realista, tampoco colgó aquel hombre que marcaba de cualquier lugar.

Y a pesar de la distancia física y el sentimiento de tener lazos de unión, todas las mañanas, a partir de aquel día, se volvieron una copia fiel de la anterior.
Aurora cubría su cuerpo con las espumas del mar, mientras el cielo ferroso encerrado en la habitación lloraba por no poseer su cuerpo, haciendo que todos los restos y malos pensamientos del mundo resbalaran por su piel lisa y brillante.

Y sus manos, que parecían tomar vida y decisión propia en aquellos instantes, acariciaban aquella piel húmeda, la poseían, se resbalaban descubriendo las formas caprichosas de la naturaleza, desde salientes estrepitosas dignas de escalarse hasta fosas oscuras y tibias, nido del placer y de la locura terrenal.

Y volvía a sonar el teléfono.
Ella no entendía porque ella.
La persona que estaba en cualquier parte nunca decía nada concreto, unas veces saludaba, otras reía y deseaba saber más de ella, y ella siempre lo complacía.
Quizás la costumbre hizo que ella se sintiera cómoda, por el momento tan solo, porque cuando colgaban y ella dejaba el teléfono en su lugar, se sentía vacía, sentía que recién acababa de entregar su cuerpo al hombre de su vida y el solo dio regreso una sonrisa sin preocuparse de haber hecho bien su parte.

Y era todos los días.

Aquella mañana fría, casi polar, ella no estaba encerrada en su mundo de tuberías.
El teléfono sonó como siempre, y aunque siempre suelen ser perturbadores precisamente porque la naturaleza de los teléfonos es ser así, esa mañana sonaba alegre, acostumbrado, como debía sonar todas las mañanas. Entonces, contestó:

-Bueno-dijo una voz de hombre, con pereza, una voz grave como espada sarracena que cortaba el viento en dos
-Ehh, buenos días. Está Aurora?
-Si, soy su novio, quien la busca?
-No es importante-dijo aquella voz dando la ilusión que caía velozmente al vacio- dígale que era un amigo.

No hubo tiempo de alargar mas la conversación, porque justo en ese momento, el crujir de un revolver se hizo presente en medio de los interlocutores.
Debajo del edificio donde vivía Aurora, en una caseta telefónica, un hombre yacía con el pecho atravesado.
Y tuvo la osadía de vivir un segundo más para clavarse en el agujero de la bala una rosa de cartulina negra, escribiendo con sangre sobre las paredes de la caseta “Yo era el hombre de Aurora”.

Nunca se supo quien era ese hombre en realidad y en esta ocasión, tres cosas eran seguras.
La primera, Aurora jamás lo sabrá ni pensará en eso otra vez, porque tal acontecimiento la tendió en una bañera repleta de agua tibia de lágrimas mientras cortaba una a una las venas de sus brazos con una navaja de rasurar.
La segunda, nadie sabrá quien era ese hombre porque ser es tan ambiguo, aunque quizás sea mejor ser que no ser.
Y la tercera, era seguro, mientras ambos vivían, que el no era ella.

Que es lo que mata a una persona?
La ausencia, la costumbre o la curiosidad?

Saludos azules

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