Viajes (II)

…Los pilares flotantes…

Solo abre los brazos en forma de alas y déjate llevar.
Quizás el viento haga que tu herencia, aquella que te da el nombre de mono desprotegido, desaparezca y te vuelvas en lo que siempre haz sido, una bestia extraña dentro de un mundo totalmente conocido, aunque conocido bajo tus términos y todas las mentiras que te satisfacen.

Cuando tu cuerpo quede limpio, es decir, desprotegido, vacio de tu esencia y de tus recuerdos, habrás notado que solo diste vueltas en forma de circulo sobre tu mismo eje y llegaras en un abrir y cerrar de ojos a los pilares flotantes.

No hay necesidad de guardar el aire que corre por tu cuerpo mientras te desplazas a la velocidad que nunca imaginaste, porque ahí, tu pecho se vuelve libre, un espacio vacio lleno de ti y a la vez vacio de tus estigmas.
Nada es tangible, todo se vuelve superfluo, inútil, un verdadero fiasco y un sentimiento inestable que deshace tu pasado y lo rehace.

Nada de lo que veas será cierto porque el delirio se apoderará de tu mente, una avalancha perversa del más lucido blanco inundara tus sentidos y vomitaras cual llave de paso formando una lluvia orgánica que cae sin fondo definido.
Nada de lo que te jactes será conservado, pues el viaje a lo más alto necesita de la más amplia de tus purezas.

Un destello inacabable se dibuja al frente, al reverso y por todos los lados hacia donde la vista pretende huir. Un vacio profundo pesa sobre los hombros, una desolación tan mundana como el lleno pensado se barre entre las entrañas ahora virginales y, sin sentir siquiera el paso del tiempo o algún tacto especifico, las alas del alma se despliegan de una vez y para siempre iniciando así el verdadero camino a los pilares flotantes.

Y aunque todo sea luz, un punto fijo, una visión audaz de la imaginación, acérrima e invencible enemiga de la purificación, se postra frente del camino, una ilusión de la representación del todo, un punto negro se torna cual luciérnaga nocturna y empapa de su lucidez (o quizás tan solo de su plenitud) los ojos desorbitados que están por huir de su encierro.

No hay un camino, no existe una ruta, no se sabe cuando se inicia ni cuando termina, no se sabe si haz llegado o estar por comenzar, solo sabes que estas cuando lo sientes y sabes que te vas cuando dejas de sentirlo.
Y los dos pilares están ahí, frente el infinito, ocultos en su inmensidad, absortos en su posición y aquel mítico deseo de que nunca jamás se verán a los ojos.
Solo sus corazones saben de ellos y de sus sentires, no es necesario nombrarlos, porque rigen nuestro tiempo, se han vuelto inspiración, maldición, orientación y mensajeros de la alborada y del atardecer.

Y de la misma forma, cuando todo ha terminado, el peso de nuevo se apodera de ti, la gravedad regresa, no solo la física, sino la espiritual, la que te amarra las alas, la que te abre los ojos, la que te permite depender de tu entorno para ser y existir.
Quizás, después de todo, esa maldita gravedad no sea tan necesaria.

Saludos azules

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2 comentarios en “Viajes (II)

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