Viajes (I)

…Mundos subterráneos…

Una bestia viscosa y pútrida se arrastra entre lodo negro, inmundicia maloliente de las fauces de la tierra y sello inapelable de las puertas al mundo subterráneo.
Un olor a azufre, tierra mojada, hierbas consumidas por el veneno débil del polvo y de la erosión invaden mientras que las sombras se hacen cada vez más grandes, cada vez más pronunciadas, envolventes en su atmosfera, en su sentir, en el recóndito y oscuro pedazo de existencia espacial.

Y justo donde los suelos dejan de ser sepia para volverse en verde sucio, se encuentra la puerta, un boquete humeante, guarida de seres jamás antes vistos, un lúgubre y frio laberinto de rocas y arenas suaves.

Desde el centro, o quizás el centro imaginado, un extenso llano, vacio, estúpidamente cubierto de millones de ramas inertes encajadas sobre si, que mas que ramas son los brazos de aquellos que eran y que buscan escapar alguna vez en aquella eternidad orgánica que nos domina, se vuelca sobre todo de la misma manera que las olas, destruyendo su rostro arrojando espuma en forma de sangre.

Y si la mente no se ha derramado por los oídos en busca de la luz, del aire limpio, de una visión vacía de neblina y de peste biológica, y si las cuerpos no se han caído derrotados ante la majestuosa identidad de los suelos vueltos amos y reyes en su habitad, y si los ojos no se han cegado del contacto de los polvos ardientes que emanan de las entrañas del terreno, un reflejo que nace a lo lejos, muy en el fondo de aquel trigal de antebrazos anuncia que el final de la aventura se avecina.

Es el templo del mundo subterráneo, un gigante obelisco cubierto de ramas espinosas, bañado en los tonos temporales de las sangres que han tratado de observar el infinito sumergido en su más alta expresión. Una estructura forjada con los líquidos del subsuelo que parece llegar justo a los cielos negros del lugar, otro infinito ascendente que demuestra la pequeñez de todos, aun de si mismo.

Y si la piel no se ha cocido por completo entre heridas y contusiones, y si los brazos reniegan a morir a pesar de sus múltiples desgarres, y si las piernas deciden seguir aun cuando sus nervios están destrozados, sus músculos despedazados y sus huesos carcomidos, la cima del mundo enterrado deja que los pulmones reciban lo que será el ultimo respiro, una bocanada de aire negro, sin sabor, sin olor y sin espíritu.

Los vientos de abajo son el hechizo de los de arriba, son la misma esencia vuelta maldad.
Y aunque los días sean oscuros, inciertos e invivibles, también hay noche, noche de estrellas, noche bruja que encanta el lugar y lo vuelve un jardín de hongos fluorescentes, intangibles e inimaginables.
Solo en la noche, un hilo líquido recorre el lugar dando formas al terreno que quizás jamás sean descritas, porque la noche es el final de la vida misma.
Nadie que este ahí puede demostrar que todo el tiempo es camino tortuoso, que los caminos pretenden ser un desgaste físico además de un ejercicio espiritual, que la noche no tiene regreso y que la vida termina cuando caes del obelisco, al que subes por aferrarte a la vida, que te ha sido negada cuando la primera espina traspasa la piel y se injerta en el hueso cual semilla.

La vida termina cuando dejas de dar pasos y aprendes a volar.
Así es allá, en el mundo subterráneo.

Saludos azules

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