Lunario del centauro

… Mismo tiempo, nuevos individuos…

Todo comenzó el 25 de Noviembre de 2007, el día 26 contra 27.
Era algo noche, miraba la TV esperando encontrar algún buen programa, de esos que te hacen reflexionar o te cambian las perspectivas. A falta de algún programa de esos, veía la película de “Constantine”, la cual me agradó demasiado desde que la vi.
No era tan noche, pero las jornadas en la escuela empiezan a ponerse extremas, dignas de un esfuerzo físico y mental, así que decidí ir a dormir.

Apenas abría la puerta de mi bestiario cuando una luz cegadora se refracto en las paredes de mi recámara y choco de golpe sobre mi rostro.
Pensé inmediatamente:

-El cabron de mi vecino y sus pinches focos!!

Pero no, me acerque a la ventana y no era ni el cabron de mi vecino ni sus pinches focos ni ningún tipo de avistamiento O.V.N.I. Era mi amiga, mi confidente y mi chica ideal, era la luna.
Tratare de describir la escena de una forma que pueda entender las sensaciones cuando se ve a los ojos del camino que creemos correcto:

Cual sonido sin vibración auditiva, tan blanca y tan desnuda, tan fría pero tan ardiente, tan mirada pero tan mía, entre nubes grises y estrellas inmensamente inferiores apareció.
El rostro fresco, húmedo, los ojos cerrados, con vida fácil sin entender el entorno, sin nada en que pensar y sin nada que decir.
La sonrisa mustia, burlona, falta de seriedad pero con picardía de hembra demonio.
Una tela transparente cubría su silueta y mostraba la rudeza de su clima corporal, mil y un lunares recorrían su piel de algodón mientras el polvo del universo le maquillaba las mejillas.
Dejo la vista libre, sin pensar siquiera en ese pequeño pero doloroso defecto, el de no disfrutarse a si misma sin tener que recubrir la vida de su rostro con las ventanas del cielo.
Y allí estaba, gritando mi nombre, iluminando a todos por obligación y a mí por compañía, por necesidad, por el simple hecho de que fui creado para ella y ella para mí.

Muchas horas pasaron y la memoria pintó un cuadro de surrealista belleza.
Un centauro alado, de torso desnudo, sentado al filo del mundo, con los brazos atados a sus indecisiones, con los ojos cegados, quemados por el destino.
El fin del mundo justo debajo de sus cascos y su rostro sin dirección apuntando al cielo, limite de la realidad mortal y del diario acontecer de los divinos e iluminados.
Y arriba, en lo alto, viendo el abismo cual flor del jardín, la dama de blanco con el corazón robado, dejando caer una lagrima de sal y cicuta sobre de las sienes de su leal amante.

Esta pasando de nuevo, igual que los últimos días del mundo y temo que la historia se repita.

Saludos azules.

 

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