Almohada húmeda.

Ayer, fui por ultima vez al centro del tiempo, aquel lugar que me sirviera de reflexión, y marcara un inicio. Ahora, seria el cierre de un ciclo de mi existir.
Tenia que irme bien de este lugar, así que fui al más importante de los sitios, el palacio de la vida y de la muerte.
Todo parecía ser extremadamente hermoso.
El palacio se dividía en dos, una parte estaba hecha completamente de rosas, mientras que la otra, estaba hecha de restos humanos soldados con sangre.
Al interior, era la misma escena, pero imperaban dos tronos de oro, uno del lado de las flores, y otro sumido en oscuridad total.
Allí se encontraban ambas niñas, la vida y la muerte, cada quien en su respectivo trono. Yo tenía mucho que hablar con la vida, y me molestaba la presencia de la muerte, así que, al presentarme frente a las dos, tome mucha fuerza, y di un golpe en la sien de la muerte, que cayo en seguida en un desmayo.
Entonces, me senté en el trono de las flores, y tome la blanca mano de la vida, que se hallaba en su sitio, el lugar oscuro, y empecé por decir lo que seria mi último canto:

De ti he obtenido todo lo que tengo, y todo lo que soy, pero quisiera que me perdonaras por todo aquello que hice.
Discúlpame por haberme cruzado en tu camino, por haber cambiado el nombre que te identifica entre los mortales, por tratar de ingresar a tu mundo y por pensar que soy algo para ti.
Discúlpame por insistir en unir nuestros hilos del destino, por volar contigo, cuando quizás no tenías deseo de hacerlo, por llevarte a conocer todo el centro del tiempo en un solo día y por no ser, al principio, tan amoroso y cálido, como supongo que lo esperabas.
Discúlpame por soñar contigo todas las noches, por pactar con sello de sangre una promesa que cumplí siempre, pero que hoy romperé, por darte todo el corazón en 20 pensamientos abstractos, no tanto como yo y por escucharte, con la más fuerte de las atenciones, cuando me contabas lo que tenias que decir.
Discúlpame por haberme enamorado de ti, y nunca habértelo dicho, por perturbarte con mis ideas tontas, por haber mojado mi almohada de lágrimas ayer en la noche, en un llanto callado y amargo, y por no dejarte salir de mi mente y de mi corazón todo el tiempo.

En verdad suplico que me perdones.

Pero también te doy las gracias por haber abierto mis ojos, y hacerme ver todas aquellas cosas que siempre estuvieron presentes, pero decidí ignorar.
Gracias por haber dado en 2 migajas, todo el mundo que habite en un solo momento, por enseñarme que los sueños, por triste que parezca, terminan al amanecer, y se quedan en la mente, por iluminar mis noches y por ser mi camino, mi ilusión y mi todo por un lapso de tiempo que nunca olvidare.

Fue entonces, cuando me pare del trono, derrame la ultima lágrima, y tomando mi katana, rota, sin filo, oxidada y sucia de sangre de tantas batallas que alguna vez gane, y la introduje de golpe en mi garganta.

Sentí como me empezaba a ahogar por la sangre que se derramaba en mi cuello, rompí mi tráquea, y no podía respirar, además, lacere el puente entre el cerebro y mi columna vertebral, por lo que caí al suelo, en una convulsión que parecía no tener fin.
Entonces, despertó la muerte de su letargo, sonrió al verme en agonía, y se hinco a mi lado, cerca de aquel cuerpo aun con vida, mi cuerpo, me tomo de la mano, y puso su bello rostro en frente del mío.
Tomo un poco de aire, beso mis labios y dijo:

“Ahora eres mío”.

Y mientras seguí revolcándome en mi desesperación por morir de una buena vez, y escupiendo sangre, le dije:
“Ser tuyo significa muchas cosas. Ser tuyo es dejar de ser azul y rosa, dejar de ser escarabajo, dejar de ser soñador, dejar de ser alguien para la gente, pero me hace ser alguien también.
Ahora soy el mismo, el de siempre, el callado, el melancólico, el triste eterno, ahora soy Oscar”.
Reinó el silencio por siempre, y el centro del tiempo desapareció frente mis ojos, y solo quedo una hoja de papel, una pluma mordida en el extremo superior, y las huellas de lágrimas combinadas con sangre sobre la vieja almohada con funda de Winnie  the Pooh.

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